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Lo que dices y lo que entiendes (y cómo adaptar un libro a la televisión)

26 junio, 2017

Por Emilio Márquez.

Hagamos un ejercicio de imaginación. Piensa por un momento que eres un director de una serie o escritor de guión y tienes que hacer la adaptación de un libro. Para este ejercicio utilizaré un fragmento del libro Choque de Reyes de George R.R. Martin, segunda parte de la serie de libros adaptados por HBO para hacer Juego de Tronos.

Catelyn:

Un sueño dulce, un sueño breve. Llegó el amanecer cruel con su daga de luz. Se despertó dolorida, sola, cansada; cansada de cabalgar, cansada de sufrir, cansada de beber. “Quiero llorar – pensó -. Quiero que me consuelen. Estoy cansada de ser fuerte. Por una vez quiero ser infantil y asustadiza. Sólo durante un tiempo, nada más… un día… una hora…”

No importa que no hayas visto la serie, es simplemente un ejemplo. ¿Cómo representas ese fragmento en pantalla? ¿Cómo demuestras los sentimientos del personaje? Dirás que quizá con una buena actriz, pero, ¿sólo con gestos puedes representar con claridad lo que el personaje piensa? O cómo mostrarías un amanecer “cruel con su daga de luz”, teniendo en cuenta que el personaje casi muere justo por una daga en capítulos anteriores. En mi opinión no se puede, al final te limitarías a mostrar a alguien simplemente triste en una habitación o quizás hablando con alguien sobre su soledad.

El problema de la pantalla es que la audiencia presta más atención a los elementos evidentes, una charla directa entre dos protagonistas, la manera en que se visten, la iluminación, la música de fondo o de qué color es la habitación. La rapidez con la que pasan las escenas no deja hueco para mucho más.

Con esto no pretendo demeritar a la televisión o al cine, sino simplemente quiero establecer un  problema de la comunicación y el lenguaje de cada medio. Obviando que tendrá sus diferencias de interpretación entre una persona y otra, la ventaja de la lectura es evidente: permite concentrarnos en una cosa a la vez y así lo asimila nuestro cerebro, en un momento vemos la tristeza, en otro el amanecer, en otra al personaje, después lo juntamos y tenemos un cuadro justo con lo que el escritor intentó expresar o bien una interpretación personal con mucho mayor detalle y contexto.

Escribir nos permite decir justo lo que queremos, mientras que un video mostrará mucha información a la vez y el receptor captará sólo un fragmento.

La noticia es esta: en nuestros tiempos se buscan expresar las ideas en videos rápidos, en imágenes llenas de información o en sonidos saturados. La razón es que hacer medios como estos resulta mucho más divertido para el espectador que mostrar mensajes sólo con textos claros pero… “aburridos”.

Cuando compartes un mensaje anunciando un producto te topas también con esta dinámica, la dificultad de sobreponer un mensaje claro sobre uno saturado sin perder de vista la cantidad de elementos o información que necesitas para que no pase desapercibido. Todo ello nos habla mucho de nuestra sociedad y su manera de pensar, además de cómo comprendemos las ideas o mejor dicho sobre cómo preferimos comprender las ideas.

A final de cuentas esto no es más que un gigantesco comercial para que tomen un libro y lo comprueben por sí mismos, hagan el mismo ejercicio del director intentando adaptar una obra y observen cuantos detalles se pierden en el camino. ¿Y en la publicidad? Observen cuanto del mensaje original se pierde de cara al espectador. Total, no todos podemos usar Avenida Chapultepec para poner cerdos a volar.

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